El evangelio de San Marcos nos dice que después del
bautismo, Jesús se retiró al desierto a orar y fue tentado por el demonio. De
los tres evangelistas que narran este pasaje, este es el más resumido. Los
otros mencionan que el demonio le dijo que para calmar su hambre multiplicara
panes, que se arrojara de lo alto del templo y los ángeles vendrían en su ayuda
y finalmente le ofreció todo lo que veía si se postraba ante él. Jesús no
dialoga con el demonio. En cada caso Jesús le respondió con palabras de las
Escrituras, “no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios”, “no tentarás al Señor tu Dios”, “adorarás al Señor tu Dios, a él
solo servirás”.
Como Jesús, nosotros también somos tentados a lo largo de
nuestra vida. Si alguien no es tentado revise su comportamiento porque el
demonio deja tranquilos a aquellos que considera son suyos. Cuando uno comienza
el camino de conversión aparecen las tentaciones las que siguen apareciendo aun
cuando se lleva una vida en estado de gracia.
Dios nos puso en esta vida para probarnos. Él prueba nuestro
amor hacia Él, la confianza que le tenemos. Estas pruebas son para nuestro
crecimiento espiritual.
Las tentaciones provienen del demonio. No son para nuestro
crecimiento espiritual sino para hacernos caer.
Para vencer las tentaciones tenemos ante todo que ser
humildes, reconocer que por nuestros propios medios no podremos vencerlas y que
necesitamos de la ayuda de Dios. Cada tentación que logramos vencer nos acerca
más a Dios. Las tentaciones son los peldaños de la escalera que nos lleva al
cielo. Sin ellas no nos sería posible recorrer el camino hacia Dios pues
nuestra vida sería tan cómoda que nos abandonaríamos, restándole importancia al
crecimiento de nuestra fe.
La homilía fue mucho más extensa y rica, esto es lo que
puede recordar y que me hizo pensar si el demonio no es un mal necesario para
alcanzar nuestra salvación.
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